Estudio99

Noticias de Bolivia

Caos e incertidumbre tras la prolongación del horario de votación en Brasil: «Se podría solicitar la anulación de la segunda vuelta»

* La retirada de pegatinas electorales, las trabas al transporte público y descalificaciones cruzadas entre Lula y Flávio Bolsonaro marcan la jornada electoral.

El presidente de Brasil, Lula da Silva, saluda a sus fieles antes de votar, este domingo, en Sao Bernardo do Campo.

Brasil ha vivido este domingo una jornada de tensión máxima que desembocó en algo inédito: la extensión de dos horas del horario electoral para dar pie a un caos de consecuencias impredecibles y la posible anulación y repetición de la segunda vuelta.

El mal tiempo en amplias regiones del país y las dificultades con el transporte en múltiples estados se combinaron para que tanto el Partido Liberal, de Flávio Bolsonaro, como el Partido de los Trabajadores (PT), del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, recurrieran al Tribunal Superior Electoral (TSE) reclamando extender el horario.

La decisión de Cristiano Zanin, miembro del Supremo Tribunal Federal (STF) y ex abogado de Lula, se conoció cuando las urnas ya habían cerrado, después de las 17:00 de la tarde (21:00 de España). En algunos colegios electorales se continuaba votando, por la extensión de las filas, pero en la mayoría no, al no haber ya votantes esperando. La televisión registró las quejas de múltiples ciudadanos que acudían a votar y se encontraban con los colegios electorales cerrados. «He intentado votar dos veces y no pude», se lamentaba una ciudadana.

El Tribunal Regional del estado de Amazonas declaró «inaplicable» la orden del STF, que múltiples responsables en los diferentes Estados aseguraron no haber recibido por canales formales. El estado de Mato Grosso do Sul informó de que todas las urnas electrónicas ya se habían cerrado y no serían reabiertas. En algunos colegios electorales se analizaba la posibilidad de aceptar votos en papel, firmados y certificados.

La cadena Globo News reveló detalles de lo sucedido, inédito en la actual era democrática brasileña, iniciada en 1985: «El equipo de Lula presentó el pedido a las 13:30 ante el TSE. Al no obtener respuesta alguna, a las 15:00 elevó el reclamo al STF. Edson Fachin, presidente del STF, recibió el pedido e insumió una hora y media hasta decidir quién se ocupaba. La orden de asumir el tema le llegó a Zanin a las 16:32».

El voto es electrónico en Brasil, y los procesos electorales se cumplen habitualmente con celeridad y precisión, así como el recuento posterior de votos. La dejación de funciones por parte del presidente del TSE, Kássio Nunes Marques, y del STF, dos instituciones que ya venían siendo seriamente cuestionadas, abre las puertas para que esta segunda vuelta electoral sea objeto de múltiples impugnaciones, ya que hubo ciudadanos a los que se les dio la oportunidad de votar, en tanto que a otros no.

«Dado que la decisión [de ampliar el horario] se tomó en un momento en el que algunas urnas ya estaban cerradas y otras seguían abiertas con filas, esto supone una disparidad entre los distintos colegios electorales», declaró Fernando Neisser, experto de la Fundación Getulio Vargas (FGV).

«Habrá que ver cómo se gestiona esto y cómo se refleja en el recuento total. Pero, sin duda, abre la posibilidad de que se solicite la anulación de la segunda vuelta, con su celebración posterior, dentro de una o dos semanas», añadió.

El caos fue evidente también a partir del hecho de que el recuento de los votos ya había comenzado y a ser difundido por el STF, con un 0,25% de los sufragios escrutados. Minutos después, el recuento fue suspendido hasta las 19:00.

La inédita situación se había incubado en Salvador, la capital de Bahía, feudo electoral de la izquierda. Por la mañana, unos 75 autobuses del transporte público no pudieron salir de las cocheras por llevar pegatinas con el número de la candidatura de Lula, el 13, del PT. Según Folha de Sao Paulo, fueron 252 en total. El presidente del Tribunal Regional Electoral, Maurício Kertzman Szporer, llegó a ordenar la «detención inmediata» de Pablo Souza, secretario municipal de Movilidad.

El alcalde de Salvador, Bruno Reis, de Unión Brasil, un partido de derechas aliado del bolsonarismo, defendió la decisión: «Los sindicalistas querían obligar a que todos los autobuses salieran con pegatinas con el número 13, del PT, y eso es un delito electoral. No podíamos aceptar eso, así que los autobuses solo salieron después de que se retiraran las pegatinas».

Souza no fue detenido porque estaba en París. Con el paso de las horas, y una vez que los conductores retiraron las pegatinas, el transporte se normalizó. La situación se reprodujo, con mayor o menor intensidad, en otras ciudades como Sao Paulo, Maceió, Belém, Recife, Teresina y Sao Gonzalo.

Según O Globo, los usuarios «denunciaron en las redes sociales problemas que van desde largas demoras hasta el cobro de billetes», en una jornada en la que el transporte era gratuito. En principio, los problemas en el transporte público perjudican más a la izquierda que a la derecha, porque muchos de sus votantes dependen de ese servicio.

No tuvieron precisamente dificultades para votar Lula y Flávio Bolsonaro, que incluso el mismo día de las elecciones siguieron haciendo campaña y descalificando al adversario.

«Nunca imaginé disputar una elección con una persona tan descalificada moralmente, éticamente. Disputar una elección con un miliciano. Él fue educado para mentir», dijo Lula al votar por la mañana en Sao Bernardo do Campo, la ciudad de la periferia de Sao Paulo en la que se forjó como líder sindical.

Tras votar, el presidente habló brevemente con la prensa. Janja, su esposa, insultó a un periodista que le dijo a Lula que lo veía desanimado.

Flávio Bolsonaro votó en Río de Janeiro y dio el cambio por hecho: «Ha llegado la hora del cambio, Brasil ya no puede más, la vida de todo el mundo ha empeorado. La esperanza se ha convertido en miedo: miedo a salir por la noche a la calle, a que te roben el móvil o la moto, miedo a tener la nevera vacía, a no poder pagar las facturas. Tenemos todas las condiciones para formar un gran equipo. Quiero pedirles que, llueva o haga sol, salgan de casa para votar».

En Miami votó uno de sus hermanos, el ex diputado Eduardo Bolsonaro, autoexiliado desde el año pasado. Ovacionado por buena parte de los presentes en el consulado de Brasil en la ciudad estadounidense, Eduardo aseguró que su reciente comentario en un podcast estadounidense, en el que sugirió el envío de marines a Brasil si su hermano perdía las elecciones, era una broma, aunque añadió: «Cualquier persona que trabaje por la libertad tiene miedo de estar en Brasil hoy en día».

Las encuestas previas a la elección marcaban una situación de paridad extrema, después de que Bolsonaro ganara la primera vuelta por un 47% frente a un 45%. Nunca, desde el regreso de las elecciones presidenciales directas en 1989, un candidato que perdió la primera vuelta ha ganado la segunda. Lula buscaba la hazaña, la virada, la remontada, para convertirse en presidente por cuarta vez y gobernar de los 81 a los 85 años.

Las encuestas hablaban de empate técnico, y la campaña de Lula mejoró mucho tras los errores evidentes de la primera vuelta. Pero Flávio Bolsonaro confiaba en dos cosas: el voto oculto, ese voto que no se revela a los encuestadores, y la ola derechista que recorre América Latina en los últimos años.

La izquierda insistió en las últimas semanas en que Flávio Bolsonaro, senador de 45 años, nunca tuvo un trabajo de verdad, que nunca se subió a un autobús, que todo lo que obtuvo y tiene es por ser el hijo de Jair Bolsonaro, líder de la derecha brasileña y hoy en prisión por liderar un fallido golpe de Estado, a quien su hijo ha prometido amnistiar si accede al poder.

Pero lo cierto es que Flávio Bolsonaro logró sacar adelante una campaña sin grandes errores, con prestancia en sus apariciones televisivas y una propuesta de futuro que a Lula, en cambio, le costó articular.

Nacido en un hogar miserable del nordeste del país, donde los nueve integrantes de la familia compartían a turnos un único colchón, Lula se mudó a Sao Paulo, trabajó como obrero metalúrgico, se convirtió en un potente dirigente sindical y en 2002 ganó por primera vez la presidencia tras tres intentos fallidos.

Unos 159 millones de brasileños estaban convocados a las urnas para decidir si daban una nueva y última oportunidad a Lula, para extender una hegemonía política que es ya histórica, o si volvían a abrirle las puertas al clan Bolsonaro y, así, a un giro de 180 grados en la novena economía del planeta./ElMundo