El regreso de los mártires: tambores, banderas y memoria viva en el corazón de La Paz

* Por las avenidas de La Paz, al compás solemne de los tambores, los restos de los héroes del 16 de julio de 1809 volvieron a recorrer la ciudad que ayudaron a liberar.

Redoble de tambores.El silencio denso en la Plaza San Francisco se quiebra apenas por el roce de las botas militares y los suspiros contenidos. Dos oficiales del ejército, firmes como columnas, cargan con reverencia la urna de Pedro Domingo Murillo. La levantan con cuidado, como si aún ardiera con el fuego que lo consumió hace 216 años, y la conducen hacia una camioneta militar.

Así se inició el solemne acto de traslado de los restos de los protomártires del grito libertario de 1809. Diez urnas, diez historias de valor y sacrificio, diez silencios que aún resuenan. Esta vez, sus cenizas no van hacia el patíbulo ni al exilio de la memoria, sino hacia la Catedral Metropolitana de La Paz, en un acto de honra y reconocimiento tardío, pero imborrable.

Los nombres resucitan entre redobles y melancolía: Pedro Domingo Murillo, el coronel que desafió al imperio desde la Junta Tuitiva; Juan Basilio Catacora, el representante del pueblo que sostuvo a su madre y hermana hasta el final; Buenaventura Bueno, cuya esposa embarazada lloró su horca; Apolinar Jaén, cuya cabeza fue enviada a Coroico como escarmiento.

Las urnas son conducidas por miembros de las tres fuerzas armadas. Efectivos de aviación escoltan a Catacora, la Naval rinde tributo a Bueno. La urna de Apolinar Jaén sube, entre brazos firmes, al vehículo del Ejército, adornado con la bandera tricolor que alguna vez soñaron ver ondear sin cadenas.

Cada uno de los inmolados arrastra una estela de ausencias. Hijos huérfanos, viudas embarazadas, madres abandonadas en el espanto. Murillo dejó 18 hijos; Ximénez, el “Pichitanca”, abandonó tres; Sagárnaga, una esposa embarazada y cinco pequeños. Víctimas de la horca, del garrote o de la espada, su crimen fue hablar de libertad en tiempos de tiranía.

Cuando el sol paceño empieza a declinar, el cortejo parte. Banderas rojo punzó y amarillo intenso flamean desde las manos de los asistentes. El alcalde Iván Arias, seguido por sus secretarios, directores y subalcaldes, encabeza la marcha que baja por la avenida Mariscal Santa Cruz.

Una señora rompe el silencio: ¡Viva la libertad!. La multitud responde como un solo eco: ¡Viva!

La banda del Regimiento Escolta Presidencial Colorados de Bolivia interpreta el Himno a La Paz, y los transeúntes se detienen, levantan sus celulares, inmortalizan el momento. Subimos por la calle Socabaya, entre gritos de “¡Paceños, viva La Paz!” y una emoción que se cuela en los poros.

El vehículo con las urnas, escoltado por los Colorados de Bolivia, avanza lento, ceremonioso, como si la ciudad se abriera a su paso. Cuando el cortejo alcanza la Plaza Murillo, los tambores se intensifican. A la voz de mando: ¡Escolta, atención… presenten ar!

Los militares descargan una a una las urnas, comenzando por la de Murillo, que es colocada en el centro de la capilla ardiente instalada en la Catedral Metropolitana. La bandera de La Paz y la tricolor nacional se entrelazan, cubriendo el altar con su símbolo de sangre y esperanza.

Las autoridades municipales y descendientes de los mártires observan con solemnidad. Los tambores callan. La banda de los Colorados se retira tocando nuevamente el Himno a La Paz. El alcalde ingresa en silencio, inclina la cabeza frente a las urnas. Un gesto breve, pero cargado de historia.

La memoria revive.Estos cuerpos, que hace siglos fueron dispersados como advertencia, hoy se reúnen en el corazón de la ciudad que ayudaron a parir. Y aunque su sangre fue derramada en el cadalso, su sacrificio renace cada 16 de julio, entre tambores, banderas y lágrimas./Amun