* El Nobel de Literatura peruano tenía 89 años. Es autor de obras fundamentales como ‘Conversación en La Catedral’, ‘La guerra del fin del mundo’ y ‘La fiesta del Chivo’.

Ha muerto Mario Vargas Llosa, a los 89 años. Con él escritor peruano y Nobel de Literatura se cierra el ciclo de una época de oro de la literatura en español. Era el último de los cuatro grandes escritores latinoamericanos del llamado boom (junto a Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar) que renovaron las letras en español y pusieron de moda la literatura de su contienen en el mundo.
Ha muerto aquel niño que aprendió a leer a los cinco años, y cada 25 de diciembre le pedía al niño Dios que le regalara libros y más libros. Siempre se consideró un lector apasionado antes que un escritor. Y uno de los que contagiaban a los demás con sus comentarios, reseñas y análisis de libros que mezclaba de manera formidable con la vida de los autores para dar un contexto, como se aprecia en La verdad de las mentiras.
Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936 – Madrid, 17 de marzo de 2024) obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2010. Debutó, con 23 años, en 1959, con el volumen de cuentos Los jefes. Estaba en París. Allí reafirmó su vocación y descubrió a los autores latinoamericanos que habrían de formar aquella feliz escandalera llamada boom.
Pero la primera vez que la gente leyó una historia suya tenía 20 años. Fue en 1956 con el cuento El abuelo, en el periódico limeño El Comercio. “Un cuento cruel, de un viejo perverso que quiere vengarse de su nieto”, recordó Vargas Llosa cuando lo entrevisté en su cada de Lima en 2014, como anfitrión de la primera edición de la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.
En 1958, con 22 años, Vargas Llosa llegó becado a Madrid, a la Universidad Complutense. Vivió en una pensión de la calle Doctor Castelo. Allí, el velador de la habitación lo convirtió en escritorio. También escribía en una tasca de la calle Menéndez Pelayo. Pronto llegó la etapa decisiva de París que le permitió ver con perspectiva su vida y la de su continente.
En 1959 publicó los cuentos Los jefes. Mientras tanto seguía escribiendo la historia de su paso por la escuela militar. El título lo decide con su amigo José Miguel Oviedo. La envía a Carlos Barral, al premio Biblioteca Breve. Y en 1963 ganó. “Nunca, ni en mis momentos más imaginativos pensé que el libro tuviera este destino”, confesó el escritor.
En La ciudad y los perros, el escritor se remontó a lo vivido por un quinceañero en el colegio militar Leoncio Prado de Lima, en los años 1950 y 1951, que soñaba con vivir una gran aventura como las que leía de Verne, Stevenson o Salgari y terminó viviendo el micromundo peruano en un internado.
“No fue una experiencia grata. Sufrí el internado, sufrí la disciplina tan rigurosa, sufrí la violencia que era el estado de la vida cotidiana, y que eran más travesuras, pero que para mí era violencia”, recordó Vargas Llosa en 2012 como preámbulo a la conmemoración del medio siglo que cumplía la novela.
Vargas Llosa se sentía en deuda con tres libros y escritores: Tirant lo Blanc, en la edición de Martín de Riquer (“Me descubrió el valor de la cantidad de querer contar muchas cosas”), la llamada Generación perdida con autores como Hemingway, Dos Passos pero, sobre todo, William Faulkner, el primer autor que leí con lápiz y papel, tratando de descifrar su arquitectura y estructura. Fue un maestro a la hora de escribir”.
Como tercer tema, el descubrimiento de Flaubert en 1959, a través de Madame Bovary, “al enseñarme el tipo de escritor que quería ser”. Leyéndolo descubrió que si un autor no nacía con talento podría encontrarlo a base de esfuerzo. Pero antes, confesó, sufrió mucho porque al leerlo le parecía que él no tenía talento para escribir la novela que quería.
Un día venció a la inseguridad con un elemento clave: “Mi vocación extraordinaria, porque lo defiende a uno de la adversidad. Las malas y peores cosas son las más fructíferas para la literatura. Escribir del sufrimiento es una manera de inmunizarse”.
Sesenta años después de su debut novelístico con La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa murió dejando una de las bibliografías más interesantes de las últimas décadas:
* La casa verde,
* Conversación en La Catedral,
* Pantaleón y las visitadoras,
* La tía Julia y el escribidor,
* La guerra del fin del mundo,
* Lituma en los Andes,
* La fiesta del Chivo,
* Travesuras de la niña mala,
* El suelo del celta
* Y Le dedico mi silencio.
Sobre cómo se sentía ser “el último de los mohicanos y saber que va a apagar la luz de una época, como le preguntó Arturo Pérez-Reverte en 2014, durante la celebración de los cincuenta años de la editorial Alfaguara, donde también estaba Javier Marías, Mario Vargas Llosa recurrió a su estilo y humor: “No lo sé…Pero un día iba en un avión a Canarias y una azafata me dijo que un pasajero me admiraba mucho y quería conocerme. Acepté. Él se acercó conmovido y me dijo: ‘No sabe lo importante que han sido usted y sus libros en mi vida’. Y ahí vino la cuchillada: ‘Cien años de soledad ha sido muy importante’. No me atreví a decepcionarlo y decirle que yo no era García Márquez. Así suplanté a García Márquez”./WMagazín












Cancillería solicita conclusión de funciones de la embajadora de Colombia en Bolivia
Ocho países de la región rechazan acciones desestabilizadoras en Bolivia
Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga se perfilan para pasar a la segunda vuelta en Perú